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Last Act

by Miki (translated into Spanish by Nikkou)

I.

Maya Kitajima acababa de entrar para siempre en la historia del teatro. Su nombre iba a convertirse en una leyenda que suscitaría la admiración incondicional y el respeto eterno de las generaciones futuras. Ya que esa noche, bajo los ojos sorprendidos del público, se había transformado en la diosa escarlata. No, había ido mucho más lejos: había dejado de existir. Durante la representación, Maya Kitajima había desaparecido de la faz de la tierra. Y en su lugar había aparecido la más hermosa de las divinidades, la diosa escarlata que había descendido entre los mortales, de nuevo en carne y hueso.

Pero la gran premier había terminado y la encarnación celestial había vuelto con los dioses. Ya no era más que Maya Kitajima. Sola en aquel jardín a cielo abierto. Había cumplido su sueño de interpretar a la diosa escarlata. Había luchado tantos años para lograrlo, había soportado tantos sufrimientos y hecho tantos sacrificios… Al final había salido bien. ¡Pero a qué precio! Al principio, creía que luchaba por si misma, por su supervivencia: el teatro era su única razón de vivir, su única razón de ser. Creía también que luchaba por su madre, para que pudiera estar orgullosa de su hija desde el cielo.

Pero cuando al fin había comprendido la naturaleza profunda de su personaje, cuando descubrió lo que se ocultaba en el corazón de la diosa escarlata, su alma despertó a la vida. Por primera vez, abrió los ojos y vio la luz. Vio entonces lo que desde siempre había tenido delante. Supo que durante todos esos años, había vivido en el error. No había luchado por su madre, ni por sí misma. Ahora lo sabía. Durante todo ese tiempo, había luchado por... él. Él y solo él.

Sí, ahora lo sabía. Pero cuando se había dado cuenta, ya era demasiado tarde. Se había prometido a otra. Al pensarlo, su corazón se contrajo de dolor y no pudo contener las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

¿Por qué había tardado tanto tiempo en escuchar lo que su corazón no dejaba de gritarle? ¿Por qué lo había mirado en silencio? Su felicidad había estado al alcance de su mano y la había dejado escapar... como arena entre los dedos, la había tocado un breve instante antes de de perderla para siempre. ¿Qué la había retenido? El miedo... solo eso. Él le daba miedo.

Un hombre tan atractivo, tan importante, coronado por el éxito, abrumado por las responsabilidades, encadenado a su apellido y a su trabajo... ¿cómo habría podido imaginar siquiera por un momento que tendría un lugar para ella en su corazón? Ella... la insignificante Maya Kitajima. Le daba tanto miedo sufrir. ¡Temía ser rechazada, humillada por el hombre que adoraba más que a nadie! Temía que castigara su audacia con crueldad. Cruel... se había mostrado tan a menudo cruel con ella en el pasado. Por supuesto, había terminado por comprender que era sólo una máscara tras la que se ocultaba. También él era un gran actor. Había desempeñado durante años el papel de hombre distante e indiferente.

Y un día, su máscara de cristal se había roto. Y Maya había descubierto en sus ojos un corazón desbordante de amor y amabilidad. La amaba tanto como ella lo adoraba. Lo sabía. E hiciera lo que hiciera o afirmara lo que afirmara después, tendría esa certeza en su corazón: él era su alma gemela, su otra mitad, su razón de ser, su única esperanza de felicidad…

Era gracias a él que su sueño se había hecho realidad. Ya que sin él, sin el amor infinito que sentía, nunca habría podido personificar a la diosa escarlata. Nunca. Y ahora que había llegado a la cima, le parecía que solo un precipicio sin fondo se extendía ante ella. Su sueño había terminado y había perdido al único amor de su vida. Un nuevo relámpago de dolor atravesó su pecho. No debía pensar más. Debía salir de esa triste meditación que la arrastraba a la desesperación. Observó a su alrededor. Se respiraba un aroma de serenidad e intimidad respetada en aquel lugar, ese pequeño jardín dispuesto a la manera occidental. Esos jardines colgantes se hacían en ciudades superpobladas donde las flores y la hierba verde eran cada vez más raras. El jardín estaba construido sobre el teatro. No estaba cubierto y en ese momento ofrecía el espectáculo de su verde hierba, de sus pisos de flores de colores y sus bancos de piedra solemnes bajo el cielo estrellado. Pero Maya miró en torno a ella y no vio nada... ni a nadie. Estaba sola en la azotea del teatro Daito. Terriblemente sola. Sin embargo había buscado su soledad. En la parte baja del edificio, se celebraba aún el enorme éxito de la gran premier de la diosa escarlata. Maya había sido ovacionada, felicitada y halagada. Era el centro de todas las atenciones. ¡Era una recompensa tan hermosa! Pero su felicidad se había disipado enseguida, ya que él también estaba presente… con ella.

El hombre que amaba llevando del brazo a su prometida. E iba a casarse con ella dentro de apenas unas horas, el día siguiente de la gran premier. Era lo que había anunciado semanas atrás. Y desde entonces, una sorda angustia había corroído a Maya por dentro. Una angustia que solo olvidaba introduciéndose en la piel de su personaje... Muy elegante, vestido de blanco, resplandecía esa noche. Había ido a felicitarla y rendirle homenaje por su gran actuación. Frente a él, Maya había sentido su corazón derretirse. Se había sentido débil y había creído que sus piernas no la sostendrían. Pero se había prometido a sí misma que sería fuerte y se lo demostraría.

Sin embargo, no había podido contener el temblor de su voz al darle las gracias. Había intentado buscar algo en el azul profundo de sus hermosos ojos. Pero su mirada siguió siendo impenetrable, negándose a revelarle sus secretos. Y era más de lo que podía soportar. Con voz débil, le deseó una última vez toda la felicidad del mundo tanto a él como a su futura esposa. ¡Y qué sincera era al pronunciar aquellas palabras tan dolorosas! Si nunca podría ser feliz a sus lado, esperaba al menos que él pudiera disfrutar de su vida en compañía de aquélla que había elegido. Aunque hasta su último aliento, Maya tendría que vivir con un oscuro vacío en el fondo de su alma. Él por su parte le dio las gracias con una sonrisa desarmante... mientras un relámpago de desesperación cruzaba su mirada. Pero eso, Maya no lo vio...

Ese encuentro había acabado con sus últimos recursos. Cuando se había brindado en honor del inminente matrimonio del Presidente de Daito, Maya había aprovechado para abandonar sigilosamente la estancia. Seguramente se darían cuenta de su ausencia enseguida pero le daba igual. Tenía que escapar, encontrar refugio en un lugar donde pudiera llorar en paz. Los jardines de la azotea... sabía que allí nunca había nadie. Allí, en medio de los árboles, con la hierba bajo sus pies y el cielo estrellado sobre su cabeza se sintió aliviada. Pero esa sensación había sido transitoria. Estaba sola. Terriblemente sola. Sentía una horrible sensación de abandono y pena insuperable. ¿Estaba condenada a perder a todos los seres que amaba?

- Masumi... te quiero, te quiero... - murmuró una y otra vez. Entonces prorrumpió en sollozos y lloró, lloró, lloró... todo el dolor de su corazón roto se vertió en sus lágrimas, un dolor tan fuerte que perdió el conocimiento.

II.

El cielo se había cubierto y las nubes oscurecían el escaso resplandor de las estrellas. Una fina lluvia refrescaba el puerto en silencio y soledad. Pero a Masumi Hayami no le importaba. Estaba sentado en un banco de piedra. El chubasco empapaba poco a poco su traje de etiqueta y el aire fresco le daba escalofríos. Pero a Masumi Hayami no le importaba. No le importaban tampoco los chismorreos que su ausencia en la gran recepción iban a suscitar. No le importaba lo más mínimo la vaga excusa que había inventado para alejarse de todos esos aduladores, todos esos interesados... de su prometida. Una llamada urgente, había dicho de pronto, y todo el mundo había estado de acuerdo. Una sonrisa de amargura se dibujó en sus labios. Todo el mundo solo veía en él una fiera para el trabajo, una máquina infatigable, una fuente de éxito inagotable... a excepción de una persona. Y esa persona era la única que le importaba de verdad al imperturbable Masumi... Maya Kitajima. Era por ella y solo por ella que había abandonado a todos los invitados, que había fallado por una vez a su deber, que había dejado atrás la culminación de su éxito. Ya que ella había desaparecido de la velada y todo el mundo se había preocupado. Pero aquello no había durado mucho, ya que él mismo había sugerido que estaría seguramente descansando en su camerino. Pero su inquietud no cesaba. Había observado hasta qué punto su bello rostro perdía el color mientras le hablaba, hasta qué punto su voz era débil al darle las gracias y hasta qué punto sufrían sus grandes ojos al felicitarlo. Maya poseía un talento de actriz fuera de lo común. Inmediatamente se había dado cuenta. Pero en cuanto salía de escena y se quitaba su máscara de cristal, sus menores sentimientos se reflejaban en su rostro: era incapaz de mentir o disimular. Volvía a ser Maya... la mujer que amaba.

¡Había hecho lo imposible por olvidarla, por arrancarla de su corazón, había luchado tanto contra ese amor creciente! E incluso esa noche, se había jurado no acercarse a ella. Pero había fallado. Y por primera vez en su vida, Masumi Hayami aceptaba de buena gana su derrota. Su amor, lo sabía, era más fuerte que todo. Nunca moriría. Nunca podría olvidar a Maya. Pero a pesar de todo muy pronto se casaría con otra. Pero no quería preocuparse ahora de eso. No ahora. Ya que en ese momento, su única razón de ser era la joven que tenía en sus brazos.

- Maya - suspiró en un suave murmullo, -Despierta , amor mío.

Al dejar la fiesta, se había dirigido por instinto a los jardines de la azotea sin perder tiempo. Mil veces se había repetido durante el camino que cometía un grave error y que no debía acercarse a ella. Pero una fuerza que superaba su entendimiento lo impulsaba. Estaba desesperada e infeliz. Lo sentía más que lo adivinaba. Y en los momentos oscuros de su vida, siempre había estado a su lado. Siempre... ya se escondiera detrás de un ramo de rosas púrpura o no. Y aunque él era la causa de su sufrimiento, no podía dejarla sola. Lo necesitaba desesperadamente... al igual que él la necesitaba desesperadamente. Fue así como la encontró, desmayada sobre la hierba. La había tomado delicadamente en sus brazos. Siempre le había parecido ligera como un pétalo de rosa. Se había sentado con ella en el banco de piedra, abrazándola contra su pecho como a un niño dormido. Y cuando las primeras gotas los habían acariciado, la había envuelto en su chaqueta.

- Chibi-chan - susurró, -despierta.-

Pero en verdad deseaba que el tiempo se detuviera. Quería tenerla así, entre sus brazos, cerca de su corazón, hasta su último aliento... Se acordó de la primera vez que la había visto. Ese día, lo ignoraba entonces, algo se había despertado en él. Y había detectado en ella ese algo que la hacía tan particular. Y no era su talento. No. Se trataba de esa alegría de vivir, esa fuerza vital, esa pasión en los sentimientos que lo hacía sonreír, que le daba fuerzas para seguir incluso en situaciones críticas. Se había interesado por esa fuerza oculta. En primer lugar por curiosidad había querido seguir la evolución de aquel ser de apariencia tan frágil. Deseaba comprender de donde sacaba tanta energía. Luego había admirado su voluntad inquebrantable, su inocente espontaneidad. Por eso, había decidido convertirse en su protector anónimo, ya que en el fondo se parecían. Ambos eran huérfanos de una determinada manera. Él hacía suya su felicidad, con eso le bastaba.

Con el paso del tiempo, se fue dando cuenta aunque se negaba a creerlo de que había sido presa de su encanto... se había enamorado. Enamorado de una chica al parecer insignificante, diez años más joven que él, aquella a la que se había acostumbrado a llamar Chibi-chan. Pero había crecido. Chibi-chan se ocultaba aún en el fondo de esos grandes ojos puros pero era una maravillosa mujer la que estrechaba en sus brazos. La que el destino le había designado. La única que podría hacerlo feliz. Lo sabía. ¡Qué doloroso era pensarlo! Nunca sería suya. Había ido demasiado lejos, había cometido demasiados errores y se sentía abrumado por el peso de la culpabilidad y el remordimiento. ¿Cómo podría perdonarle un día? ¡Se sentía tan responsable de la muerte de su madre! ¡Había impedido a madre e hija encontrarse! ¿Cómo podría perdonarse aquello? Y no solo eso… Perdonarse su cobardía cuando se refugiaba detrás de las rosas, sus mentiras cuando la despreciaba, su egoísmo cuando los celos lo devoraban al verla sonriéndole a otro… No pertenecía a su mundo. Y por ese motivo, la había rechazado

El error de toda una vida. La verdad era que merecía a alguien mejor que él. ¿Qué podía ofrecerle? ¿Su apellido? ¿Su dinero? ¡No tenía nada que hacer! ¡La conocía demasiado bien! ¿Su amor? Quizá. Era su bien más preciado. ¿Pero habría querido? No, seguramente no. Saldría de su vida, estaba decidido. Dejaría de hacerla sufrir. Pero antes de la separación definitiva, deseaba gozar de ese único momento. Ese último encuentro íntimo, teniéndola en sus brazos, tan cerca de él, de su corazón…

La lluvia seguía cayendo suavemente. Masumi estaba empapado pero no parecía importarle. Maya, por su parte estaba resguardada de la lluvia en gran medida por sus amplios hombros. Era todo lo que importaba. Ambos formaban un cuadro conmovedor. Una pareja acariciada por los cielos, en medio de un Edén incongruente... un gigante rubio acunando en sus brazos a una frágil mujer dormida, su mirada tan llena de amor y tristeza que se podría jurar que los cielos lloraban por aquel amor imposible. Entonces el hombre colocó delicadamente su mejilla contra la de su otra mitad. Un simple contacto. Tan ligero como la caricia de un pétalo. Empujó un profundo suspiro. Una lágrima escapó claramente de su ojo, cayendo sobre los labios de su amada. La única lágrima que había derramado en muchos años y la única que había compartido.

El recuerdo de otra noche vino a entonces a atormentarlo. Una noche similar a ésa... recordaba el viejo templo, oía la lluvia que caía sobre el tejado y experimentaba de nuevo esa sensación de tener el tesoro más precioso del mundo en sus brazos... suspiró de nuevo. Y con una ternura infinita, su dedo acarició la mejilla de la bella durmiente. Cerró los ojos y depositó un suave beso sobre la frente de su amada. A continuación, con una mano de terciopelo, levantó su rostro hacia él.

¿Cuánto tiempo la había abrazado? ¿Unos minutos? ¿Una eternidad? ¡Ni una eternidad le habría parecido suficiente! ¡Pero el tiempo pasaba rápido y pronto se marcharía! Sin embargo, lentamente, muy lentamente, acercó su cara a la de ella.

- Te quiero, Maya. -murmuró tomando sus labios... una última vez.

III.

El tiempo había suspendido su vuelo para grabar ese beso en la eternidad. Un pálido rayo de luna atravesó las nubes iluminando a aquellas dos almas enamoradas. Incluso las gotas se habían detenido, conmovidas ante tan tierna devoción. Cuando finalmente encontró las fuerzas para poner fin al beso, le murmuró un último te quiero de despedida.

- Amor mío... Masumi – susurró una voz apenas audible.

Aquellas palabras devolvieron a Masumi brutalmente a la realidad y un violento escalofrío hizo temblar todo su cuerpo. Maya había vuelto en sí... y lo había oído... y... le había respondido. Con los ojos de par en par por la sorpresa, la examinó atentamente como si temiera haberlo soñado todo. Como si esas palabras no hubieran sido pronunciadas en realidad. Pero estaba bien despierto.

Maya seguía inmóvil en sus brazos, pero lo observaba intensamente, sus grandes ojos fijos en los suyos. Había respondido a su amor. ¿Qué pasaría?

Masumi experimentaba sentimientos contradictorios. Se debatía entre la incredulidad, una alegría inefable, un miedo irracional... y dudaba. ¿Encontraría la fuerza de abandonarla ahora que había oído a viva voz aquello que sabía desde siempre? ¿Lo que desde siempre había esperado en secreto? ¿Lo que desde siempre había deseado? ¡Maya le había ofrecido esas palabras de amor tan deseadas! Entonces reconsideró sus deberes, la compañía que debía dirigir, el apellido que debía honrar... La lucha estaba comprometida. Era un combate sin compasión entre la búsqueda instintiva de la felicidad y la educación de toda una vida.

Masumi Hayami estaba... perdido. Al llegar a esa encrucijada de caminos, ignoraba cuál seguir. Sin embargo era consciente de que de esta decisión dependía el curso de su vida. Debía ser la primera vez que tenía la posibilidad de tomar su destino en sus manos, apartarse de la carretera trazada para él por su padre cuando no era aún más que un niño. ¿No era lo que siempre había envidiado en Maya? ¿Esa increíble facultad de seguir su propio camino sin preocuparse jamás de los obstáculos que deben superarse?

Observando el rostro preocupado de su compañero, Maya adivinó el combate que se desarrollaba bajo aquella pacífica superficie. ¡Pero la amaba! ¡Lo sabía! Lo había oído de sus propios labios, lo había leído en su mirada y su amor se reflejaba incluso mientras se enfrentaba a sus viejos demonios. Entonces el alma apasionada de Maya venció a sus temores. Si a menudo en el pasado había dejado estallar la violencia de sus sentimientos, si a menudo se había opuesto al imponente Masumi Hayami, si a menudo le había lanzado todo su menosprecio a la cara cuando creía odiarlo, nunca entonces la había asustado, nunca se había preocupado de lo que podrían pensar. Sería igual es anoche. Decidió ser simplemente ella misma y dar rienda suelta a su amor. Pasase lo que pasase, no quería vivir con remordimientos.

"Masumi", comenzó, "Te amo. Perdóname por decírtelo solo ahora y de esta forma, pero no puedo ya callarme. En realidad, nunca habría debido callarme. Te amo y siempre te he amado. Desde el primer momento cuando no era más que una niña. Pero perdóname por haberlo ignorado durante todo este tiempo. Estabas en mis pensamientos entonces cuando te conocía e ignoraba tantas cosas de ti al mismo tiempo. Fuiste mi primer admirador, mi generoso benefactor, mi único amigo y mi único consuelo. Eras mi desconocido de la rosa púrpura y entonces ya estabas en mi corazón. ¡Oh, como sufrí cuando lo descubrí todo! Tu verdadera identidad: ¡eras mi enemigo declarado, el que me había separado de mi madre! Y aún así, en lo más profundo de mi alma, nunca he dejado de quererte. Con el tiempo, la amargura se disipó y la cólera murió. Te amaba.

Con cada minuto que pasaba mi amor creció, maduró, se abrió y finalmente comprendí. Comprendí que eras la otra mitad de mi vida. Y esta noche te lo digo: Te quiero, Masumi."

Se lo había dicho. Se había arriesgado.

Lentamente, las palabras impregnaron el espíritu distraído de Masumi. Entonces, de golpe, entendió todo el significado de lo que Maya acababa de revelarle. Lo amaba. ¡Lo amaba! ¡Sí, lo amaba! Ese deseo que se había hecho realidad lo colmaba de felicidad. Pero de nuevo la vacilación fue como un latigazo que cortó su entusiasmo. ¿Sería capaz de hacerla feliz? ¡Habían sufrido tanto los dos! ¿Se habían cerrado las heridas del pasado?

Maya vio en su rostro la sombra de la duda que seguía atormentándolo. El resplandor de su mirada parecía deslustrado y con todo aún brillaba un halo de esperanza. Entonces dudó el instante de una palpitación, y entonces la audacia de su amor fue más fuerte y obedeció al impulso de su alma: rodeó a Masumi con sus brazos y lo besó. Su presión comenzó tímidamente luego se hizo más profunda y acariciante, volviéndose cada vez más insistente. Maya vertió en ese beso toda la fuerza su amor, la ternura de su perdón, el candor de su alma, una promesa de felicidad para los dos...

Y Masumi respondió con el mismo entusiasmo, la misma pasión... el mismo abandono. Ante la fuerza de sus sentimientos, no podía hacer nada y cesó toda resistencia. Al igual que Maya, se daba al ser que amaba, un regalo que duraría eternamente. El imperturbable Masumi Hayami acababa de aceptar poner su vida entera en las manos delicadas de una muchacha. En adelante, no lucharía ya contra su felicidad, sino por su felicidad... y la de Maya. Su vida, su futuro, era ella y nada más que ella. La abrazó aún más fuerte y le ofreció su alma a cambio. Maya se sentía tan débil y tan fuerte a la vez que creyó que iba a desfallecer. Cuando finalmente sus labios se separaron, tuvieron la impresión de dejar el paraíso para volver a bajar a la tierra.

Maya hundió su mirada en el azul de los ojos de Masumi. Lo que vio la llenó de una alegría ilimitada: la serenidad y la calma de un cielo azul sin nubes. Esa mirada reflejaba la felicidad de un amor recibido, aceptado y compartido. La suave sonrisa en sus labios mencionaba la promesa de un futuro feliz bajo un sol brillante. Maya se maravilló ante esa sonrisa. No recordaba haberle visto sonreír de esa forma simple y despreocupada. Sin saberlo, le había devuelto la sonrisa inocente y llena de vida del niño que solo había sido por un breve periodo de tiempo.

- Yo también te quiero, Chibi-chan. ¡Te pertenezco de ahora en adelante al igual que tú a mi, Maya, mía para siempre! – dijo riendo.

Maya no podía creer lo que oía. ¡Masumi se estaba riendo! ¡Se reía ruidosamente como un niño! Más que sus palabras, esa risa de felicidad decía tantas cosas. Y no pidió nada más. Su risa espontánea y comunicativa terminó por ganarla y sus propias risas se mezclaron con las suyas, resonando sin fin en la noche clara, como el tintineo puro de mil campanillas. Las nubes se habían marchado. Atraída por aquel ruido singular, la luna plateada había reaparecido y proyectaba curiosa sus rayos sobre las dos almas reunidas. Conmovida, hizo señas a las estrellas de enviar sobre esos seres alegres la benevolencia protectora de su resplandor. Entonces el gigante de amplios hombros se levantó repentinamente, teniendo aún en sus brazos a la joven de rostro resplandeciente. Se puso entonces a dar vueltas sobre la hierba en la noche, acentuando sus carcajadas. Aturdido, la echó sobre la suave alfombra verde y se tumbó a sus lado. Sin dejar de sonreír, ella se apoyó en su torso para besarlo. Divertido, se apoderó de ella y rodaron juntos hasta que finalmente, la retuvo cautiva en sus brazos. Agotada pero encantada, apoyó su cabeza en su hombro, muy cerca de él, escuchando los latidos precipitados de su corazón. Estaba satisfecha y no le pedía más a la vida. Masumi la abrazó más fuerte acariciando al mismo tiempo con su mano libre sus largos cabellos sedosos. Estaba satisfecho y no le pedía más a la vida.

Epílogo

La luna, suspirando de placer ante aquel cuento de hadas con final feliz, se fue a dormir. Las estrellas se despidieron de los enamorados mientras que despacio el sol les ofrecía sus primeros rayos. Sin embargo, tímido, no se atrevía a aún a mostrarse. Temía molestar. Pero no hizo nada. Ya que las dos siluetas entrelazadas aprovecharon el discreto velo de la aurora para desaparecer. El nacimiento de este maravilloso día señalaría también el alba de su nueva vida.

Más tarde, en alguna parte en la ciudad, una elegante mujer vestida de blanco salía sola de un edificio sin importarle nada ni nadie. En su rostro impasible, no se podía adivinar la rabia que sentía tras recibir un mensaje del que había sido hasta la fecha su novio. En la hoja de papel que guardaba arrugada en su mano, se leía una única frase: "No me casaré contigo." Masumi Hayami." Entre los invitados, una dama enteramente vestida de negro se mantenía al margen. Los chismorreos y las especulaciones sobre aquella cancelación inesperada no le interesaban. Al contrario, su sonrisa era enigmática. Una abundante cabellera oscura cubría la mitad de su cara. Y a pesar de ello, se veía al malévolo brillo de su ojo, aquel golpe de efecto le había encantado. Con aire aliviado y satisfecho, se alejó riéndose.

Lejos del caos generado por su ausencia, Masumi asistía a otra ceremonia, simple y discreta, celebrada en la intimidad a la sombra de un cerezo. En su mano grande sostenía la pequeña de Maya. Con voz temblorosa de emoción y felicidad, se juraron amor eterno y superar en adelante todas las pruebas. Y en la euforia del amanecer de su nueva vida, Masumi cogió a Maya en brazos y besó a la que sería en adelante... su mujer.

 


 

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